Sin techo
Se la han llevado. De ella sólo ha quedado el espacio vacío y una marca del tiempo pasado. No me acuerdo de la primera vez que la vi. Morena de tez tostada, de silueta redondeada imposible de imaginar al siempre encontrarse cubierta o reclinada de un colchón en el suelo. Desde ese primer momento pasó a formar parte de mi itinerario particular a seguir. Como acto inherente a mi caminar, cada mañana y cada noche al pasar al lado de su “campamento” mis ojos se iban en su búsqueda, mi corazón lanzaba una plegaria y, de alguna manera, se me retorcían mis entrañas. Me preguntaba por el límite casi invisible que lleva a la degradación del ser humano, me preguntaba si habría sido violada en las largas, frías y oscuras noches de invierno. Recordaba las historias contadas por aquellos que habían vivido la guerra y que tranquilamente me relataban sus “favores sexuales” a mujeres mutiladas a las que sólo les quedaba la calle, y a las que como premio dejaban a nuevos engendros condenados acompañarlas en la miseria del mendigaje.
Luego… el metro, el trabajo, el vecino, los amigos y como por arte de magia o por el arte de la sobre-vivencia las cuestiones se desvanecían a la misma velocidad que habían aparecido.
Hace dos días que dejé de ver su silueta incorporada sobre el colchón y toda una gran suma de objetos acumulados. De todo ello sólo se adivinaba un bulto pero esta vez cubierto. Pensé si estaría dormida, me temí también si estaría muerta. Pero no lo llegué a saber. Nunca me aproximé, no llegué a tener el valor a acercarme, para extenderle mi mano. No lo hice, simplemente me dejé llevar por el ritmo, por el resto de la manada, por la normalidad del abandono de las gentes de la ciudad a su suerte – para bien o para mal.
Yo pensé en ella pero no actué. Yo la condené.
Me declaro culpable del abandono de un ser humano, del abandono de una mujer. Aún así, no hice nada. De nada sirven ya mis condolencias.
De hecho, he sido partícipe de la liberación de una carga “pesada” para la sociedad. Una menos a contar, una menos a alimentar, una menos de quien compadecerse. En el juicio inexistente al que yo me condeno conseguiría salir absuelta. Ella no era nadie, tal vez ni tuviese papeles, ni siquiera tenía familia que se hiciese cargo de ella, era negra y gorda. Era una carga. En este juicio inexistente hasta tendría una justificación: me gano la vida con un trabajo mucho menos cualificado de mis posibilidades profesionales, soy una ciudadana de “a pie” inmigrante que se esfuerza para integrarse en un país nada fácil. Cada día subo y bajo cinco pisos a pie por unas estrechas y retorcidas escalaras para, en un espacio minúsculo, refugiarme de las tempestades de naturaleza diversa que me rodean. Y además, ya saben, soy joven, guapa, de ojos azules y sonrisa reluciente. Ella… una más, una pobre más.
Además ¿a quién le importa ya la sensibilidad? ¿te da de comer? En esta jungla los perdedores no gozan de oportunidades, de hecho, las alimañas de la noche pueden aprovechar tu caída para no dejar de ti ni los huesos.
Publicado el diciembre 15, 2011 en ciudades, gentes, París, reflexiones, relatos y etiquetado en abandono, desigualdades en las ciudades, Retrato de "sin techo". Guarda el enlace permanente. Dejar un comentario.

Dejar un comentario