La vida bajo un paraguas
Dicen en francés, que el clima hoy en París es pesado. Por el flanco derecho se aproxima el batallón de oscuras nubes que guardan una fuerte tormenta. Parisinos y aclimatados intuyen su llegada y apresuran sus pasos ante la certeza inminente.
Esta vez me he salvado, me ha dado tiempo a llegar a casa, comer, y observar desde el interior de los muros la fuerte lluvia que golpea más allá de las ventanas.
Sigue haciendo un clima pesado. El viento sopla de uno y del otro lado; mi paraguas a lunares, no es capaz de resistir los grandes cambios. Bajo las dispersas gotas que restan de la tormenta, disfruto del claro-oscuro, de la vuelta del sol a brillar y de los pies empapados al desobedecer los recuerdos de niña que me imperaban a no mojarme. Como chiquilla traviesa sin remedio salto de un charco al otro dejándome simplemente llevar.
En mi camino me cruzo con la maravillosa sinfonía de las risas de unos niños imposibles de imitar; bajo sus paraguas, conversan vivamente y, como los mismos rayos de luz, iluminan de nuevo mi camino.
Bajo un oscuro y recogido paraguas, una joven diosa de évano marcha acorde al aura que la envuelve. La armoniosa composición de sus ojos, boca y labios sobre una piel de textura y color proporcional a su belleza, se acompaña de un hombre blanco, de cabellos grisáceos y de un cuerpo castigado por los años y quien sabe también qué vivencias. Yo me cruzo entre los pensamientos enlazados de uno y de la otra. Pienso y recuerdo las horas de discusión entre unos y otros sobre la “ética” de las relaciones encontradas en la África negra y me pregunto también la inocencia y claro está, la inteligencia de muchas de las diosas que son “capturadas” por el hombre blanco.
Dejo entonces de lado los prejuicios, los estereotipos, los miedos y las ideas preestablecidas para desprenderme de la fácil generalización aún siendo conscientes de los abusos de unos y de la sumisión de muchas a cambio de la esperanza por una vida mejor.
Mientras camino mis ojos se regocijan en la descomposición de las gotas de lluvia que enlazan ,ignorando cualquier regla urbanística ,la plaza de Chatelet con Notre Dame y, al mismo tiempo, Notre Dame con qué se yo cómo se llaman los edificios más modernos de la ciudad.
En pocos minutos, dejo el juego de luces que protagonizan la ciudad, y que me permiten casi volar para sumergirme, un día más, en la actividad de muchos mortales más o menos profesionales. Una nube negra se posa sobre mi cabeza y me resigno a respirar y de cierta manera asumir, que realmente el clima, la ciudad, y por veces, mi vida tienen un carácter bastante pesado.
Publicado el agosto 7, 2011 en ciudades, gentes, París, relatos y etiquetado en descripciones de las gentes de París, el tiempo en París, la magia de la ciudad de París, Rutas en París, vivir en París. Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

Maravillosa descripción de un París que no he visitado…aun.
Gracias por el relato.